Written by 8:30 am Avistamiento, Diseño

En defensa de la indignación

¿Por qué, si estamos hablando de secuestros, asesinato y violación, insistes en hablar de infraestructura y economía? ¿Por qué es más molesta mi indignación, si son ellos (sí, y ellas) quienes no tienen dignidad? La indiferencia es tan indigna como cualquier otra agresión.

La indignación es fugaz. No debería de existir por mucho tiempo. Esta parte la tenemos todos bien comprendida. Lo que no pareciera tenerse muy presente es que hay condiciones que hacen de la indignación una respuesta natural, y éstas deben de desaparecer rápidamente también. No pareciera tenerse muy presente, pues las condiciones permanecen, pero se insiste en que la indignación sí desaparezca, o por lo menos, se modere.

A toda persona le enfurece un abuso. Es fácil asumir eso. Ya es complicado que haya alguna injusticia que no circule con comentarios y reflexiones personales. Sí nos involucramos, sí simpatizamos y sí respondemos. Pero si las causas pierden tracción, volvemos a la espera de la siguiente tragedia para retomar la conversación. Lamentablemente, es bastante común que la siguiente tragedia ya no sea sino una estadística; un triste síntoma de un problema mayor por el que no se puede hacer mucho. Así es como perdemos de vista nuestro poder social. Así pasamos de la empatía por la tragedia que vivió un ser humano, a la impotencia que nos detiene de actuar, haciéndonos creer que solo nos queda adaptarnos.

Para algunas personas, escuchar de otro secuestro ya no despierta la misma empatía que el primero del que se enteraron. A veces, si se tiene prisa, la marcha puede ser más molesta que el asesinato, incluso si éste nos conmovió días atrás. Y nada de esto se puede criticar, pues para esos momentos la relevancia es diferente; no precisamente menor, solo es diferente. Hay que seguir con nuestra propia vida, por supuesto. La injusticia ya sucedió y el mundo continúa con su dinámica sin mayor conmoción. Siendo nosotros los agentes que dan lugar a esta dinámica, debemos continuar también. Es importante que haya policías, aún si, en general, nos causan desconfianza. La administración pública es esencial, a pesar de que haya tráfico de influencias y corrupción. Es indispensable que exista una sociedad, más allá de su disfuncionalidad. Lo que mantiene al mundo funcionando somos quienes lo hacemos funcionar, y de igual importancia es la indignación de quien vela por aquello de lo que el resto se decide desentender. En el sencillo acto de una compra o una donación; en una queja o en una conversación; al ver un video por ocio o al buscar información; en cada uno de estos actos toma lugar la imparable dinámica del mundo. No se detiene ni desacelera, pero siempre podemos decidir con qué no seguir.

Ningún cambio se va a lograr si todos nos ponemos a lamentar cada tragedia que sucede. Claro que ningún cambio se logrará si nadie se detiene a lamentar que suceden tragedias, ni se toma la molestia de hacer algo al respecto. Imaginemos una historia sin marchas ni manifestaciones, o una Carta Magna sin reformas; ¿cómo hay verdadero progreso, si no a través de movimientos sociales? Se ha desvirtuado en algunos aspectos, pero la manifestación pública es una respuesta natural y apropiada de la evolución social. La evolución, por cierto, nunca ha sido individualista. Creas o no creas en la evolución, todos creemos en el progreso, y no existe progreso individual que no se beneficie de la sociedad. La triste paradoja aquí, es que mientras se progresa, más alcance se tiene para hacer el bien pero también es cuando menos atractivo parece volverse. Noam Chomsky plantea que “el privilegio genera oportunidad, y la oportunidad confiere responsabilidades”, pero que esto no garantiza mucho. Ha sido sobreabundantemente evidenciado que el privilegio es cada vez menos exigente con las responsabilidades que confiere. Indignante, sí; pero más indignante es que nosotros seamos quienes lo hacen posible. La exigencia nos corresponde a quienes hacemos posible ese privilegio.

“Es difícil hacer que alguien comprenda algo cuando su salario depende directamente de ésta falta de comprensión”

Upton Sinclair

La indignación es fugaz, como diría el popular científico ficticio (hablando de otra experiencia emocional): pega fuerte, y después se desvanece lentamente. Cuando el contexto indignante permanece, la indignación no desvanecida (o no moderada) es la que parece fuera de lugar. Al menos así se ha considerado por generaciones. Asumimos que sólo los colonizadores eran los civilizados, pues es menos relevante la astronomía, la arquitectura y la cultura conquistada. Según el contexto repetimos que sobrevive el más fuerte, no por engaños ni abusos, sino por astucia o perseverancia. Veneramos al trabajador incansable, que no dará problemas con sindicatos ni exigencias, sino que alineará sus prioridades en función de las de le empresa.

Por tanto tiempo hemos glamour-izado al abuso que la adaptación es considerada una de las más grandes virtudes, uno de los rasgos más admirables rasgos del carácter. ¿Y en qué momento se cambió la palabra ‘resistencia’ por ‘adaptación? Supongo que la noción de que la resistencia es una virtud no suena tan cómoda para los dictadores del apunte.

El mundo gira en torno a un entendimiento colectivo. Las personas más influyentes son quienes mejor lo entienden y más se apegan a él. No está de más (triste, lamentablemente) recalcar que esta influencia se define por mucho más que seguidores y patrocinios. La influencia verdadera crea y modifica legislaciones que afectan directamente a cualquier patrocinador. La influencia verdadera no se anuncia ni se promueve, sino que busca volverse parte del mismo entendimiento colectivo que le dio lugar en un principio. Lógicamente, para mantener esta influencia, hay que mantener también este entendimiento.

La población está llena de opiniones, y la abundancia de éstas tiende a quitarles validez. Las buenas ideas se pierden entre conspiraciones y tendencias, de modo que se requiere de mucho esfuerzo para hacer poco ruido. Es comprensible por qué una minoría privilegiada con la voz de todos sus clientes satisfechos y patrocinadores suene más convincente.

No es nuevo que un vidrio roto sea más relevante en la conversación que comenzó por una mujer desaparecida. Siempre han sido tan temidas que los hombres se enfocarán en cualquier nimiedad para evitar enfrentarlas. Así llegó a ser comparable una violación con un graffiti. Y si se siente exagerado leer que éstos son comparables, por favor díselo al que pueda hablar de ambos en el mismo debate. ¿Valentía? En realidad solo se requiere paciencia; la moral siempre tiene sentido eventualmente, pero hay que iniciar la plática. Si no se puede con lógica, que sea con la moral.

La indignación es razonable. La indignación es el recordatorio natural de nuestra responsabilidad. Si te molesta es porque tienes que poner atención, como el dolor instruye al cuerpo. Si tu contribución es tu paz, todos respetamos que no necesitas el dolor. Haz lo que necesites, pero sí necesitas hacer algo; sí hay una prescripción.

Para que esa paz esté completa, se requiere de la confianza en que alguien allá afuera de las casas y las oficinas está velando por nosotros. Tenemos que haber algunos indignados al tanto de lo que decidiste (válidamente) desentenderte. La información es el costo de la tranquilidad, y si tú no lo estás pagando, es porque alguien más cubre tu parte. Entérate de lo que te estás desentendiendo, y validarás la indignación que nosotros quisimos tomar.

(Visited 91 times, 1 visits today)
Last modified: 26 noviembre, 2020
Close