Anónimo tomó su pluma, la impregnó de tinta y comenzó a escribir. Pensaba en todo y en nada, y la nada y el todo contrarrestaban las interminables preguntas sin respuestas, con un puñado de respuestas sin preguntas.
Mantenía conversaciones con el papel y la sangre negra, regocijándose con la creación de una extensión suya, que era al mismo tiempo cercana y desconocida. Ajena y familiar.
Decidía si abstenerse de firmar, o aventurarse a escribir su nombre adoptado, el nombre sin nombre que tiene hasta el día de hoy.
No siempre le importaba. Anónimo muchas veces se satisfacía con el simple hecho de escribir. El reconocimiento, más allá del propio, tenía la misma importancia que un frasco de tinta seca.
Otras veces, sin embargo, sentía que le despojaban de algo tan vital, que el agua, el aire, el refugio; parecían insuficientes.
Quizá pensaba entonces que mostrar sus otros nombres o conservarlos en las sombras, era un derecho que correspondía a nadie más que a ella misma.
¿Por qué tendría alguien más el permiso de tomar sus palabras y silenciar su voz? Palabras que hablaban de ella. Anónimo y sus pesares, sus virtudes, sus dolores.
Hoy escribo para ti, Anónimo, y tomo prestado este nombre vacío que opacó tus nombres perdidos.
Anónimo-Mujeres anónimas

A lo largo de la historia, las mujeres se vieron forzadas a firmar anónimamente sus obras artísticas, adquirir un seudónimo masculino, cederlas a un hombre escritor, o jamás verlas publicadas. Eran afortunadas quienes adquirían el derecho de ver su nombre escrito en ellas.
La mayoría terminaba sus escritos, y encontraba el rechazo tajante de las editoriales, que podían reconocer la calidad de su trabajo, pero insistían en que no tendría ninguna relevancia si era publicado con un nombre femenino. Y entonces ellas cedían, otorgando luz a sus obras a través de su anonimato.
Siempre creí que la mujer debe ser suficientemente inteligente para entender lo que digo, pero no tanto como para crear sus propias ideas y opiniones.
Lord Byron en la película ‘Mary Shelley’
Hubo quienes recobraron el reconocimiento que les había sido arrebatado. Vivieron para verlo algunas, y otras muchas murieron sin siquiera imaginar que el pasar de las décadas se encargaría de colocar sus nombres en las creaciones que les pertenecían a ellas antes de que fueran del mundo.
Muchas otras no corrieron con la misma fortuna. Su nombre permaneció apartado de cuentos emblemáticos, novelas innovadoras, poemas que al día de hoy continúan removiendo emociones y esperanzas. Escribo hoy para ellas, y acompaño su fortuna con la promesa de que continuaré buscando nuevas formas de aprovechar los derechos que ellas no tuvieron, al tiempo que exijo los muchos otros que todavía nos faltan.





